El bueno de Sancho en las Pléyades

El cúmulo abierto M45, también conocido como las Pléyades, es un grupo de estrellas muy jóvenes cuya edad se estima en 100 millones de años. Se sitúa cerca de la constelación de Tauro, a unos 400 años luz de la Tierra. Y el ingenioso hidalgo y su escudero se encargaron de visitarlo en una de sus aventuras, a lomos del caballo volador Clavileño…

Es buen momento para hablar de las Pléyades, pues son visibles a simple desde dos meses antes hasta dos meses después del 20 de noviembre. El 20 de noviembre se situán casi alineadas con el sistema Sol-Tierra-Pléyades. Las pléyades aparecen ese día concretamente en el cenit de la latitud 24º06’N.

Pero hoy hemos venido a hablar de lo que aconteció al famoso hidalgo Don Quijote y el fiel Sancho. Y resulta que sus desventuras les llevaron al palacio de los Trifaldi, donde el mago Merlín había enviado al caballo alado Clavileño, un caballo alado que permitía a sus jinetes volar con los ojos vendados… ¿Hasta dónde? Sencillamente por los aires hasta luchar con el gigante Malambruno, que además de gigante es encantador y ha encantado a las doncellas para que les crezca la barba indefinidamente, lo que es consecuencia de otra de las desventuras del caballero de la triste figura.

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Mientras los aristócratas se esfuerzan en adornar la escena, el gran Sancho cuerdo donde los haya dice:

Yo no subo, porque no tengo ánimo ni soy caballero

Entre alagos y bajo amenaza de perder la ínsula movible que Don Quijote le había prometido, Sancho, sin cojín alguno y con los ojos vendados se sube intrépido con su caballero a Clavileño, que sólo accionando una maneta vuela por los aires. Los duques, con lágrimas en los ojos, aguantando la risa narran su viaje a nuestros aventureros, con el loco más famoso de la historia emocionado por su aventura. El relato no tiene desperdicio, con un Quijote dicendo a Sancho:

Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

Hasta que los vacilones encienden la cohetería de la cola del caballo de madera, cuando ambos caen al suelo. Y ni Malambruno, ni doncellas, ni nadie queda en el jardín del palacio. Es entonces cuando el grande de Sancho se hace protagonista del capítulo, diciendo que fue el calor de la cercanía a las estrellas el que les hizo caer del caballo. Los burlones le preguntan sobre su viaje, a lo que Sancho responde que se retiró un poco la venda de sus ojos:

—Solo sé que será bien que vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo, descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo, que no había de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy grande además. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas, y en Dios y en mi ánima que como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, me dio una gana de entretenerme con ellas un rato, que si no la cumpliera me parece que reventara. Vengo, pues, y tomo ¿y qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar ni pasó adelante.

Pleyades

Siendo así como Sancho burlóse de vuesas mercedes, dando datos de aquellas siete cabrillas que no eran otras que las Pléyades, mientras los señores  no podían contradecir al escudero por no descubrir la broma. No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos y dar nuevas de cuanto allá pasaba sin haberse movido del jardín. En la imagen veis a las siete cabrillas con sus padres, Atlas y Pleione.

Y ese final de capítulo, después de tantas aventuras, por qué incrédulo ahora Don Quijote niega la historia de Sancho:

—Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más.

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