Un correo de paseo por el Atlántico

¿Qué pasa si mando un correo desde Madrid a, por ejemplo, Bogotá?

Esto mismo se ha preguntado una periodista de EL TIEMPO de Colombia, y nos lo cuenta así:

El viaje de un correo electrónico entre Europa y Sudamérica tarda 0,0030 segundos. 

La travesía transatlántica comienza una mañana en Madrid, cuando, sentada en un café Internet de la Plaza Mayor con servicio inalámbrico gratuito, envío a las oficinas de EL TIEMPO, en Bogotá, un corto texto de unos 50 bits: “¿Ya tenemos las fotos para esta nota?”.

Con un clic, el mensaje desaparece de mi pantalla, vuela hacia una antena en la estación base wi-fi y se precipita bajo tierra hasta el nodo de acceso internacional a la red NAP (Network Access Point) de las Américas-Madrid, en la calle Yécora, 4. Este edificio de 2.000 metros cuadrados, operado por Terremark y la Comunidad Autónoma de Madrid, es la puerta de enlace del sur europeo con las Américas, el Caribe y el norte de África. Y es una de las razones por las cuales Madrid es la undécima capital mundial de conectividad en la red. Si el mensaje fuera más largo, superior a los 2.000 bits, sería dividido en ‘paquetes’ para hacer su traslado más eficiente. Al llegar a su destino final, los paquetes se volverán a unir para conformar el mensaje completo.

Mi correo electrónico entra a una de seis redes troncales de fibra óptica del NAP. Un sistema de comunicaciones de fibra óptica funciona convirtiendo la señal eléctrica producida en el computador en una señal de luz. Dentro de las hebras de vidrio de 1,5 milímetros, la información es empujada por pulsos continuos de rayos láser, alimentados por una corriente de 10.000 voltios. Al llegar a su destino, la señal óptica será convertida nuevamente en una eléctrica, legible a nuestros ojos.

Mi mensaje desde Madrid viaja entonces hasta Conil de la Frontera, en Cádiz. Pocos saben que la tranquila ciudad blanca representa tan importante punto neurálgico en las telecomunicaciones internacionales. La información llega a la estación del poderoso cable submarino Columbus III, construido por Tyco, Alcatel y Maristel y operado por un consorcio internacional que incluye a Telefónica. El cable repta hasta alguna de las playas de Conil y desaparece bajo las olas sin que nadie sospeche de su existencia.

Mis 50 bits provenientes de Madrid están ahora sumergidos a pocos kilómetros de Conil. Columbus III está siendo castigado con el duro asalto de la cercanía costera: el oleaje y las mareas frotan el cable contra el fondo. Las rocas conspiran para cercenarlo. Las dunas de arena quieren hacerlo cambiar de dirección. Las anclas de los buques le caen encima. Las redes de los pescadores se enredan en él. Y la fauna marina se empeña en morderlo o colonizarlo. Los tiburones, especialmente, se ven atraídos por el campo electromagnético generado alrededor del cable (en los años 80, AT&T reportó que su primer cable de fibra óptica entre Gran Canaria y Tenerife sufría bajas constantes a causa de los frecuentes ataques del tiburón cocodrilo). Afortunadamente, el cable está cubierto de afuera hacia adentro por siete capas. Este blindaje hace que cada metro pese 10 kilos.

En las frías profundidades del Atlántico, mi correo llega a una de las 90 repetidoras colocadas cada 100 kilómetros a lo largo del Columbus III. Cada una es un sofisticado dispositivo alargado que amplifica la señal, debilitada por el viaje, dándole, literalmente, una patada en el trasero.

Estos 50 bits de información, como veremos, harán escala en Miami. Columbus III emerge en la terminal de la calle 215 NE en Hollywood (Florida).  El correo sigue la ruta de menor esfuerzo, a lo largo de la carrilera del tren, hasta el centro de Miami, para entrar en el búnker sin ventanas de Terremark. El edificio, de seis pisos y paredes de concreto reforzado, es uno de los más conectados y cableados del mundo. Capaz de aguantar huracanes categoría 5, con vientos de 250 kilómetros por hora, esta casi inaccesible ‘fortaleza digital’ es uno de los principales bastiones de Internet en EE. UU. Se trata del NAP que gestiona el 90% del tráfico entre el sur de Europa y Nortemérica, Latinoamérica y el Caribe.

A continuación, como pulsos de luz, siguen su viaje trasatlántico para pasar por Morant Point (Jamaica) y desembarcar en Cartagena (Colombia).  A partir de ahí, seguirán de manera subterránea hasta el centro de la capital colombiana, donde por fin encontrarán el buzón de la cuenta a que fueron enviados.

Todo ello en 0,0030 segundos.

Apenas llega el correo al editor dominical de EL TIEMPO, me contesta: “Sí, las fotos están listas. Un abrazo”. Y el viaje alucinante comienza de nuevo, en dirección contraria.

Imagen: http://www.eltiempo.com/Multimedia/infografia/internetsubmarino/

El post es una extracción de otro mucho mayor, en:  http://www.eltiempo.com/

Tranquilos, no me fusiléis todavía…

Ya sé que el artículo está plagado de incorrecciones técnicas clamorosas:

– Un correo electrónico no se transmite en 50 bits, ni la información se secciona a partir de 2000 bits.

– No sólo es necesaria una traducción óptico/eléctrica. La aplicación de envío de correo normalmente usa el protocolo SMTP, que tiene por debajo TCP/IP, con el encapsulamiento de datos correspondiente. El mensaje se leerá mediante POP3/IMAP.

– Hay codificaciones diferentes, hay redundancia de datos, control de errores. La sobrecarga de protocolo aumenta más aún la carga de información (https://principiatechnologica.com/wp-content/uploads/2014/01/19/sobrecarga-de-protocolo-codecs/)

– Son necesarias muchas más conexiones y a diferentes niveles. Muchas de ellas con los servidores de correo  (oficinas postales).

– Para encontrar el servidor de correo del destinatario hay primero que buscar su dominio. Hay consultas DNS.

– Los proveedores de estos servicios de correo y DNS, evidentemente, no tienen porque estar en el país del destinatario.

– Y muchas más…
Sin embargo, el artículo de la periodista de EL TIEMPO me ha gustado. Porque por muchos niveles lógicos que haya por encima, ha de existir siempre un soporte físico para estas comunicaciones. Y la autora nos abre los ojos acerca de la infraestructura física que da soporte a la gran red, que es internet.

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